El llamado de la flor

19 Mar 2014

Autor: Susan Mcgath

El ingenio de la naturaleza no conoce límites. Consideremos el caso del murciélago que bebe néctar y la planta que florece de noche, cuyas vidas se entrelazan en las selvas de las tierras bajas de América Central.

Algunas flores tropicales reflejan el sonido para que los murciélagos que buscan néctar las encuentren más fácilmente.

El Glossophaga commissarisi, un mamífero diminuto y alado con un cuerpo no más grande que un pulgar, revolotea entre las flores de Mucuna holtonii, lamiendo el néctar de manera similar a como lo hacen los colibríes y las abejas. A cambio, poliniza la planta. Durante el día, las flores pueden presumir su riqueza con colores brillantes como el escarlata y el fucsia, pero en la noche, cuando incluso los tonos más brillantes palidecen ante el plateado de la luz de la luna, las flores de la Mucuna recurren a estructuras acústicas para atraer la atención de los murciélagos que buscan néctar.

En la Estación Biológica La Selva, en el norte de Costa Rica, una Mucuna antigua y vigorosa tejió un techo de hojas sobre un claro de la selva y dejó que docenas de flores colgaran de tallos largos y verdes.

Al atardecer, los capullos de la planta se alistan para los murciélagos. Primero, el pétalo de color verde que está más arriba y que cubre un capullo se abre lentamente de manera vertical para erguirse sobre la flor como un faro lustroso. Bajo el pétalo-faro, dos pequeños pétalos laterales se despliegan para revelar una abertura en la vaina.

Los murciélagos usan el sonido de alta frecuencia como una herramienta. Con sus cuerdas vocales emiten explosiones sónicas rápidas y pequeñas a través de sus fosas nasales o de sus hocicos, lo que moldea las ondas aéreas y les permite interpretar los cambios en los patrones que rebotan de regreso hacia sus oídos sensibles. La información que reciben es procesada de manera rápida y continua, lo que les permite modificar su rumbo a medio vuelo mientras van a toda velocidad tras un mosquito o vuelan entre los árboles florecientes.

La mayoría de los murciélagos se alimenta de insectos; a menudo utilizan potentes llamados de largo alcance producidos con el movimiento ascendente de sus alas. Los murciélagos que consumen néctar envían llamados suaves, pero sofisticados, a los que los científicos conocen como de frecuencia modulada. Estos llamados intercambian distancia por detalles. Son más efectivos en un rango de cuatro metros, y a su regreso envían información precisa sobre tamaño, forma, posición, textura, ángulo, profundidad del objetivo y otras cualidades que solo los murciélagos nectívoros pueden interpretar.



Merlin Tuttle cortó esta flor para documentar cómo la lengua del murcièlago succiona el néctar mientras las anteras de la flor le llenan la frente con polen.


Sin romance


Pero esto no es una historia de amor. La fuerza que mueve la alianza murciélago-flor no es el romance sino el objetivo principal de la vida: supervivencia y reproducción.

Intercambiar néctar por polinización es una transacción delicada que presenta un dilema para las plantas. A las que florecen de noche les conviene ser ahorrativas con su néctar, porque los murciélagos bien alimentados visitarán menos flores, pero si una planta es demasiado tacaña, el murciélago buscará el servicio en otro lado. Al paso de los milenios, las plantas polinizadas por murciélagos han desarrollado una solución eficaz: se saltan el problema de la cantidad (y la calidad) del néctar al maximizar la eficacia de la búsqueda de comida del murciélago.

Así pues, las plantas de flores nocturnas exhiben su riqueza en posiciones expuestas al vuelo para que los murciélagos las encuentren fácilmente, beban de ellas y queden protegidos de depredadores arbóreos como serpientes o zarigüeyas. Aderezan el olor de sus flores con compuestos de azufre: señales de larga distancia irresistibles para los murciélagos nectívoros. La Mucuna y otras plantas han ido un paso más allá: han moldeado sus flores para atraer el oído de los murciélagos.


Fuente: National Geographic
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