Jornaleras agrícolas en Sinaloa

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En la década de 1970 y principios de 1980, se realizaron los primeros estudios sobre jornaleros agrícolas en México, 1, 2, 3 los cuales dieron a conocer la problemática de un sector hasta entonces ignorado. Fue en la década de 1990 cuando las investigaciones referentes a las jornaleras agrícolas se multiplicaron y se centraron en discutir la feminización del mercado de trabajo rural, así como la flexibilidad exigida en los procesos productivos de la agroindustria (la disponibilidad de trabajar los siete días de la semana o por tarea, o en horarios flexibles, de 4 hasta 15 horas diarias) así como la posibilidad de discontinuar el trabajo según las fluctuaciones meteorológicas que afectaban los cultivos).

La flexibilidad es una cualidad que las mujeres están obligadas a aprender y practicar cotidianamente al realizar el trabajo doméstico, por ello su mano de obra es tan apreciada como mal pagada, desprovista de seguridad y derechos laborales4.

Otras investigaciones5, en la misma década, señalaron que las grandes empresas agroindustriales que destinaban la mayor parte de la producción a la exportación tenían un mercado de trabajo muy estratificado y segmentado por sexos, con notables diferencias salariales.

Estas empresas ocupaban a migrantes que seguían un extenso circuito de cosechas en distintos estados, prácticamente durante todo el año. Se trataba, por tanto, de jornaleros permanentes o que pasaban largos periodos fuera de sus comunidades de origen. Además, se detectó que la feminización del mercado laboral agrícola se caracterizaba por la incorporación de mujeres casadas y en unión libre o cohabitación, aún en etapa reproductiva, jefas de familia y/o solteras con hijos, y una mayor participación laboral de menores de edad.

Los estudios aludidos (entre otros Lara y Barrón) señalaron que el problema más grave en el campo residía en las condiciones de trabajo de las mujeres jornaleras, pues eran muy inestables. La contratación laboral se hace a destajo y en forma temporal, por tarea o por día, sin prestaciones ni seguridad social. Los primeros estudios6 en mencionar el componente étnico de los jornaleros aseguraron que triquis y mixtecos (mujeres y niños incluidos), procedentes de Oaxaca, que llegaban a los valles agrícolas de Sinaloa, conformaban una población desprotegida que vivía en pésimas condiciones y era muy vulnerable. (El tema sobre los jornaleros agrícolas en México es prolijo; para una discusión mas detallada sobre los conceptos y debates ver Hernández 2010).


En la actualidad

Los estudios más recientes hablan de tres millones de jornaleros agrícolas en México7; sin embargo, aún se sabe poco sobre esta población, y qué decir de las mujeres indígenas que enfrentan la situación laboral ya comentada. Estudios realizados en 2004.8 estimaron que alrededor de 42.6% de los jornaleros eran mujeres, y 40% del total de jornaleros en el país pertenecía a algún grupo étnico (en su gran mayoría mixtecos, nahuas y zapotecos y, en menor proporción, totonacos, triquis, mazatecos, tlapanecos y tepehuanes).

De las mujeres entrevistadas, 72% era analfabeto y 27% no concluyó la escuela primaria. En el caso concreto de Oaxaca –con una larga historia y tradición migratoria–, se han detectado 45 municipios como los principales expulsores de fuerza de trabajo hacia campos agrícolas del noroeste, de los cuales 19 corresponden a la zona de la mixteca. En estos municipios, migrar se ha convertido en un oficio respetado, al ser la principal fuente de ingresos. Se sabe además que, prácticamente desde que el noroeste empezó a repuntar como región agroexportadora a gran escala, los mixtecos fueron atraídos a los campos de cultivo9. Por otra parte, desde la década de 1970, la migración interna de mujeres y niños mixtecos a los estados del noroeste empezó a engrosar las filas de las cuadrillas, al punto de que, en la actualidad, constituyen 60% de la mano de obra para la cosecha, y destaca de manera sorprendente el alto índice de menores de edad que intervienen en el trabajo.


Éxodo de la mixteca oaxaqueña 


En un estudio cualitativo realizado entre 2007 y 2009 en la mixteca oaxaqueña10, mujeres mixtecas que trabajan regularmente como jornaleras señalaron que muchas ignoran las condiciones en que van a viajar a los campos de cultivo de exportación, lo que saben es producto de sus propias experiencias, pues lo único que les informa el contratista o enganchador es el día en que van a salir, pero no especifica en qué condiciones viajarán, ni siquiera cuánto van a pagar. Muchas veces les retiran sus documentos de identidad, como acta de nacimiento y credencial de elector, para que salden la deuda del transporte hasta Sinaloa con el contratista y no se vayan a ir sin pagar. En los retenes militares instalados en diversos puntos de las carreteras que llevan de Oaxaca a Sinaloa, se les pide dinero, una cuota que asciende a 50 pesos por persona. El cobro de dicha cuota no tiene justificación, pero es obligatorio. Por otra parte, al ser un trabajo temporal, que no incluye seguro alguno, ni responsabilidades para los patrones o empresarios, si las mujeres se enferman o sufren un accidente en el trabajo, no existe instancia legal que las proteja.
Las mujeres mixtecas que continúan en sus comunidades, vinculadas a la agricultura de autoconsumo, desean que sus hijos se alejen de la vida rural, ya que ésta deriva en miseria, y ahí no hay alternativas de desarrollo.
Las mujeres entrevistadas expresaron que, de tener dinero o un adelanto de pago, comprarían medicamentos para el viaje –que es muy pesado y puede durar hasta cuatro días–, así como para los campos agrícolas, donde la atención médica es escasa y los menores suelen enfermar por las condiciones de insalubridad.

Los preparativos para la migración hacia las zonas agrícolas incluyen una marcada división del trabajo entre la familia mixteca; así, las mujeres son responsables de la preparación de los alimentos que se consumen durante el trayecto, lo que incluye elaboración de totopos, preparación de una ración generosa de frijoles, chiles enlatados y un garrafón de agua.


Campo agricola Sinaloa 




A 25 kilómetros de la ciudad de Guasave se encuentra la Sindicatura de Estación Bamoa, notoria por la vieja vía del ferrocarril que antaño sirvió para el transporte de carga pesada y de pasajeros, la cual conectó la región con la ciudad fronteriza de Nogales hasta su privatización, en la década de 1990.

Al conducir por carretera, entre Guasave y Estación Bamoa, la mirada se pierde sobre las llanuras que se extienden hasta el horizonte. Sembradíos de jitomate corren en rectas perfectas sobre la tierra arada; de este valle proviene, en la actualidad, la mitad del jitomate que se exporta a los Estados Unidos. Ahí, hombres, mujeres y niños, recogen y empacan el jitomate protegidos con paliacates para cubrir sus rostros, evitando así las quemaduras del sol y procurando menguar la irritación causada por los químicos esparcidos en los campos mediante avionetas, con el objetivo de controlar plagas. Una consecuencia tangible de la exposición a los químicos es la elevada cantidad de problemas de salud como envenenamientos, alergias y hongos en piel y uñas, así como abortos y malformaciones registrados en los centros de salud en la zona.

La mayoría de estos jornaleros son indígenas recién llegados de sus lejanas comunidades de origen o de otras plantaciones del noroeste de México. En Estación Bamoa los campamentos que alojan a los jornaleros agrícolas sólo ofrecen pequeños cuartos hechos con lámina y cartón negro, que integran largos galerones con pisos de tierra; los baños, lavaderos y tomas de agua constituyen espacios comunes. Para dar servicio a los abonados (es muy frecuente que las mujeres (las que tienen niños pequeños y no pueden laborar) realicen labores como cuidar niños ajenos y así conseguir a cambio dinero o comida, o realizar labores domésticos a otros hombres que viven solos) muchas veces las jornaleras transforman algún cuarto en cocina y comedor y la preparación de alimentos se realiza utilizando leña y comales de acero, o estufas eléctricas (si las jornaleras tienen dinero para adquirirlas). Además, debido a que no existen vías para la ventilación, el humo de la leña pasa de unos cuartos a otros y el aire se torna irrespirable, con lo que aumenta la temperatura hasta 40 °C a la sombra.

Estos campamentos agrícolas parecen guetos en los que se concentra y reproduce la pobreza; y en estas islas culturales y lingüísticas (en las cuales se puede escuchar hasta diez diferentes idiomas o lenguas) fracasan uno a uno y sistemáticamente los planes educativos para los y las jornaleras indígenas, donde es apremiante incidir para mejorar no sólo sus condiciones laborales y educativas, sino también la preocupante violencia de género. (No hay estadisticas sobre la violencia de genero que enfrentan las mujeres dentro de los campos agricolas; No obstante los estudios cualitativos existentes11, nos indican que es un problema existente muy grave).


Multiples caras de la violencia 


Las mujeres, en general, y las mixtecas, en particular, sufren con mayor intensidad las cargas de trabajo, pues, además de laborar en los campos, realizan las tareas relacionadas con la reproducción biológica y social del grupo familiar; preparan y venden comida, lavan ropa y cuidan niños ajenos en los campamentos para complementar sus ingresos.

Con la experiencia migratoria tan difícil, el hacinamiento que sufren en los campamentos y los bajos salarios, las mujeres son más vulnerables a sufrir diversos tipos de violencia en los campos: la violencia de género que va desde la discriminación y el menosprecio hasta la agresión física o psicológica e, incluso, el asesinato, ya sea por parte de la pareja o de un extraño, sólo por el hecho de ser mujer e indígena. Esto es una constante y una de las causas más frecuentes de angustia y depresión entre las mixtecas en Sinaloa. La violencia de género es difícil de cuantificar, ya que por razones diversas no se denuncia.

En el caso de las mujeres mixtecas, dicho escenario tiene múltiples componentes: la situación de subordinación en la que se encuentran respecto de los varones de su propia etnia, el factor de discriminación que pesa sobre su pueblo, los criterios de marginación que se ciernen sobre ellas a través de un mercado laboral que sigue devaluando su trabajo y negándoles cualquier derecho laboral, y la falta de reconocimiento de sus derechos humanos, al ser objeto de maltratos y violaciones, de la manera más impune.

Referencias


1. Luisa Paré. El proletariado agrícola en México. México: Editorial Siglo XXI, 1977.

2. Enrique Astorga. El mercado de trabajo rural en México. México: Editorial Era, 1985.

3. Hubert Cartón de Grammont. Asalariados agrícolas y sindicalismo en el campo mexicano.México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1986.

4. Sara Lara. Flexibilidad productiva y relaciones de género en el mercado de trabajo rural. (Tesis de doctorado en Sociología). México: Universidad Nacional Autónoma de México/ Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, 1997.

5. María Barrón. Los mercados de trabajo rurales: el caso de las hortalizas en México. (Tesis de doctorado en Economía). México: 1993 Universidad Nacional Autónoma de México.

6. Silvia Millán. Re-que-ni-che-chia-nia-a, Luchemos por nuestro pueblo. México: 1995 Cuadernos de Economía/ Instituto de Investigaciones Económicas/ Universidad Nacional Autónoma de México, 1995.

7. Hubert Cartón de Grammont, y Sara Lara. Encuesta a hogares de jornaleros migrantes en regiones hortícolas de México, Sinaloa, Sonora, Baja California Sur y Jalisco. México: Instituto de Investigaciones Sociales/ Universidad Nacional Autónoma de México, 2005.

8. C. Morett C. y Cosío Celso. Los jornaleros agrícolas de México. México: Universidad de Chapingo/ Editorial Diana, 2004.

9. Lourdes Sánchez. “Jornaleros indígenas en el noroeste de México”, en Silvia Escárcega y Stefano Varese (coord.) La ruta mixteca, México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2004.

10. Amanda Hernández. Mujeres indígenas mixtecas en Oaxaca y Sinaloa: un estudio de jornalerismo femenino. (Tesis de doctorado en Ciencias Sociales). Madrid: Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset/ Universidad Complutense de Madrid 2010.

11. Amanda Hernández. Las mujeres del pueblo de la lluvia. Sus historias como jornaleras agrícolas. Asturias (s/cd.): Ediciones Nieva, 2011.


Hecho por: Amanda Hernández Pérez investigadora postdoctoral en la London School of Economics and Political Science, Reino Unido. Su investigación se enfoca en mujeres mixtecas y su trabajo en el noroeste de México, violencia de género, políticas púbicas con perspectiva de género y étnica, e historia de mujeres mixtecas. Ha sido becaria de la Agencia Española de Cooperación Internacional, del Conacyt y de la SEP. Recibió el II Premio de Investigación "Historia de las Mujeres", del Ayuntamiento de Avilés y la Concejalía de la Mujer y la Cultura, del Principado de Asturias, España.


Documental: Migrar o morir: jornaleros agrícolas en los campos tóxicos de Sinaloa
Realizador: Alexandra Halkin
Guión: Alexandra Halkin
Cámara: Rodrigo Cruz, Juan José García, Gullermo Monteforte, Greg Berger y La comunidad de Ayotzinapa
Sonido: Rodrigo Cruz, Alexandra Halkin y Margarita Nemecio.
Postproducción: Damian López
Mapas: Patricia Gasca Mendoza
Traducción: Belinda Cornejo
Música: Sufjan Steven y Seven Swans
Productores: Centro de Derechos Humanos de La Montaña Tlachinollan A.C.; Chiapas Media Project, PROMEDIOS y Alexandra Halkin
Año: 2008
País: México

Fuente: CONACYT
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