La biodanza en la infancia, una forma de educar para la vida


La biodanza es un sistema basado en la danza y desarrollado por el psicólogo chileno Rolando Toro, que promueve la integración del ser humano con sus emociones e impulsa el establecimiento de lazos afectivos con la naturaleza y otras personas. Aplicado a la infancia, este sistema tiene importantes beneficios, pues favorece que los niños desarrollen todos sus potenciales desde muy pequeños. Por Aline Reis (*).


Desde que  el mundo es mundo, las personas usan su cuerpo para ocupar el espacio e interaccionar con el otro. Ya hace siglos que disponemos de técnicas y estilos especialmente desarrollados para la danza, destinados a explorar la riqueza de posibilidades inherentes al cuerpo humano. 

Porque danzar es mucho más que mover brazos y piernas bajo el estímulo de un ritmo. La danza permite conocer el propio cuerpo y con eso, ampliar nuestra capacidad de expresión y de comunicación, lo que a su vez propicia el desarrollo de la autoestima. 

El simple acto de andar ya es de por sí poderoso, lo suficiente para servir de alimento al cerebro y, de paso, contribuir a nuestra salud. En cuanto a la danza, sus movimientos son más refinados, lo que determina la calidad de alimentación que proporciona a nuestro cuerpo. 

La danza de la vida 

Se sabe que, cuanto más temprano empiecen los niños a bailar, más posibilidades tendrán de hacer su cuerpo "inteligente". Esto se debe a que, por un lado, bailar ayuda al desarrollo emocional de los más pequeños, pues combate inseguridades y ayuda a compartir experiencias con el grupo al que se pertenece. Por otra parte, niños y niñas pueden ejercitarse en la danza desde los primeros años de vida, y así mejorar habilidades motoras fundamentales para la evolución. En general, el baile es salud. 

Desde esta perspectiva, la biodanza emerge como un sistema completo y muy útil. Su nombre procede de la combinación del término griego bio (vida) y del español danza. Por tanto, hace referencia, literalmente, a la danza de la vida. 

Creada por el psicólogo chileno Rolando Toro Araneda, la biodanza utiliza los sentimientos provocados por la música y el movimiento para profundizar en la conciencia del yo. Su objetivo es promover la integración de uno mismo con sus emociones y expresarlas, así como impulsar el establecimiento y la profundización de los lazos afectivos con la naturaleza y entre las personas.

La biodanza aplicada a la infancia 

Aplicado a la infancia, este sistema favorece que el niño y a la niña desarrollen todos sus potenciales desde muy pequeños. Actúa desde los aspectos más íntimos del movimiento individual y grupal. No hay coreografías, con lo cual cada persona puede explorar sus movimientos desde el propio sentimiento de ser y de estar en el mundo. 

Se desarrolla a través de ejercicios y bailes elaborados para que cada persona pueda descubrir su propia danza, en libertad, respetando el tiempo personal, y utilizando movimientos tan cotidianos como caminar. 

Entre los beneficios proporcionados a la infancia por la biodanza, se encuentra la potenciación del desarrollo de habilidades propias del ser humano, ya que estimula la "psicomotricidad fina" o la capacidad de afinar los movimientos. 

Asimismo, la biodanza favorece el buen funcionamiento del cerebro. Cualquier tipo de movimiento sirve para conducir informaciones al sistema nervioso central, pero la biodanza lo hace de un modo aún más refinado, a través de una serie de movimientos concretos. La biodanza ayuda también a mantener la salud del cuerpo, pues la persona que baila aprende a mover el cuerpo y a conocerlo, lo que se convierte en un hábito si se baila desde la infancia. 

Por otra parte, este sistema estimula la coordinación motora y otras aptitudes, y hace posible que los niños enriquezcan su repertorio personal de movimientos, incorporando nociones de ritmo, equilibrio y fluidez, que puede servirles como base para la construcción de movimientos más elaborados. 

Pero, además, la biodanza colabora en la formación del individuo, porque favorece vivencias que se convierten en fuentes de conocimiento y de desarrollo. La biodanza contiene informaciones corporales, sociales, musicales y emocionales que contribuyen al crecimiento infantil. 

Aspectos como la sutileza, la organización, el juego, la alegría, la vitalidad, la afectividad, el estímulo a la atención y el poder de observación presentes en los ejercicios influyen positivamente en el desempeño de los pequeños, incluso en sus actividades escolares, facilitando la comprensión de contenidos más complejos. Además, la biodanza aumenta la sensibilidad musical. 

La danza y las emociones 

Este sistema sirve asimismo como herramienta de expresión, y favorece que los niños y las niñas usen su cuerpo para conocer el mundo. A través de la biodanza, se adquiere conciencia de poder expresarse usando el propio cuerpo. Pero también se incentiva el control emocional, porque la biodanza sirve como fuente de aprendizaje emocional, y promueve el equilibrio de las emociones e incluso ayuda a combatir la timidez y la inseguridad. 

Por último, la biodanza estimula el conocimiento estético, al enseñar a niños y niñas a relacionarse con lo bello y lo armonioso, así como con lo feo y lo caótico. Poco a poco, los pequeños van exteriorizando su comprensión sobre lo que es bonito y lo que no lo es. La danza, en general, puede ser entendida como una forma de conocimiento poético. 

La metodología de trabajo con la infancia prioriza la capacidad de improvisar porque será probando el propio cuerpo, entendiendo sus límites y su funcionamiento, como los niños descubrirán su total libertad para desarrollar su propia estética del baile y de la vida. 


(*) Aline Reis es pedagoga, investigadora social (con enfoque en Educación Ambiental y Ecopedagogía); Facilitadora Autorizada Biodanza SRT, especializada en Biodanza en la Infancia y Adolescencia por la International Biocentric Foundation.

Fuente: Tendencias21
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