Medicina de la conservación

2015  


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Los doctores del ecosistema son los nuevos héroes del planeta y surgen desde los rincones más inesperados de los círculos sociales; juntos han formado la nueva ciencia conocida como medicina de la conservación.


En primera instancia, uno podría pensar que la medicina de la conservación es la unión de la medicina —tanto humana como veterinaria— con un enfoque de conservación de especies en peligro de extinción, o de importancia económica y de salud para los humanos, tarea que bien podría realizar un epidemiólogo o un veterinario de la vida silvestre; pero, en cualquier caso, ¿qué parte de la conservación representa?


Lo primero es entender que se trata de una rama multidisciplinaria, para la cual realmente no existen especialistas, pues se nutre de un sólido trabajo interdisciplinario que comprende tanto ramas de la ciencia como disciplinas sociales que históricamente han interactuado de manera esporádica, como economía, sociología, política, medicina, epidemiología, ecología, evolución, y taxonomía, por nombrar algunas. Un ejemplo es la emergencia epidemiológica provocada por el Virus del Oeste del Nilo, que llegó a los Estados Unidos hacia 1999, está siendo revisada por un grupo de biólogos (ornitólogos, principalmente), médicos, veterinarios, epidemiólogos, sociólogos y políticos, que trabajan en conjunto para entender tanto el ciclo de vida del parásito como los riesgos de salud que representa para aves y personas, así como las implicaciones que dicho patógeno tiene en el diseño de políticas de salud pública.


Existen, sin embargo, algunos programas de maestría dirigidos a la formación de profesionales en medicina de la conservación en universidades como Tufts University, Murdoch University, Michigan State University y la University of Edinburg. Estos programas forman profesionales con aptitudes y actitudes orientadas a trabajar en equipos multidisciplinarios que identifican y resuelven problemas complejos que amenazan el buen funcionamiento de los ecosistemas. 1 Dentro de dichos programas, los profesionales se especializan en alguna de las áreas de incidencia de la medicina de la conservación, como es la política ambiental, la economía ambiental, la epidemiología, la medicina veterinaria…


Para entender de qué se trata la medicina de la conservación empecemos por la palabra medicina; al escucharla, pensamos en los médicos que científicamente propician la curación de enfermedades o la prevención de éstas, pero, ¿qué quiere decir curarse o mantenerse sano? Significa alcanzar un estado de salud óptimo, es decir, libre de enfermedades. Y, ¿qué son las enfermedades?, pues son desajustes fisiológicos de nuestro cuerpo que pueden ser producidos, ya sea por agentes infecciosos, como los parásitos, o por agentes no infecciosos, como aquellos productos químicos responsables de contaminar los alimentos que ingerimos, tal es el caso de los fertilizantes. Un término técnico comúnmente usado para referirse al estado de enfermedad es: estar fuera de homeostasis. Cuando consultamos a un médico es porque no nos encontramos en un estado óptimo de salud, y lo que buscamos es su ayuda para regresar a dicho estado de equilibrio o salud; entonces, la primera palabra clave para entender nuestra nueva disciplina científica es salud.



¿Que es la salud?


Un ejemplo para entender las consecuencias económicas que deberíamos afrontar, si se llegara a perder la salud ambiental, sería el proceso de polinización; si los polinizadores (abejas y murciélagos) llegaran a desaparecer por causa de la contaminación o por la destrucción de sus ambientes, necesitaríamos, aproximadamente, 225 billones de dólares anuales para pagar a personas por polinizar las flores.


Podemos hablar de salud en dos ámbitos: salud humana, entendida como un estado de completo bienestar físico, mental y social —y no solamente la ausencia de enfermedades—, y la salud ambiental, que engloba los factores ambientales capaces de incidir en la salud humana, y se basa tanto en la prevención de las enfermedades, como en la creación de ambientes que propicien el óptimo desarrollo de la población humana.


Ahora bien, la conservación, en términos biológicos, se refiere a proteger los ecosistemas del planeta y mantenerlos en un estado de salud o buen funcionamiento, lo cual nos vuelve a conectar con la salud ambiental, por lo tanto, abordaremos su importancia y, de paso, veremos que un médico de la conservación es un profesional abocado a estudiar cómo los cambios ambientales —cambios de tipo de uso de suelo, contaminantes vertidos al ambiente…— afectan el buen funcionamiento de los ecosistemas, lo cual puede causar el surgimiento de nuevos patógenos o de los ya conocidos, en organismos hospederos de interés. Finalmente, esta disciplina busca soluciones para resolver dichos problemas y mantener la salud ecológica —o proteger la biodiversidad y el buen funcionamiento de los ecosistemas—, ya que de esto depende la salud de las comunidades de plantas y animales, incluido el humano.1



Los materiales


Los cambios ambientales producidos por actividades humanas en busca de comodidad inciden en problemas de magnitud global: destrucción de bosques, alteración del clima, aparición de enfermedades infecciosas…



Es evidente que todos los productos y materias primas que hacen más práctica nuestra vida y nos permiten mantenernos saludables provienen, de un modo directo o indirecto, de recursos naturales del planeta o, como bien lo menciona el profesor Robert M. May, del Departamento de Zoología de la Universidad de Oxford:2 “…la humanidad toma para sí misma, directa o indirectamente, en forma aproximada, 40% de la productividad primaria neta terrestre…”; de modo que, si no protegemos los ecosistemas, lo más probable es que nuestra calidad de vida empeore.

Un ejemplo importante para entender la magnitud de las consecuencias que deberíamos afrontar, si se llegara a perder la salud ambiental, sería el proceso de polinización; al respecto, Aaron Bernstein3 apunta que “El valor económico anual de los polinizadores —se alude a la labor realizada por abejas y murciélagos— en la producción de alimentos, ha sido estimado en más de 150 billones de euros ($225 billones de dólares) […]”. Es decir, si los polinizadores llegaran a desaparecer por causa de la contaminación o por la destrucción de sus ambientes, necesitaríamos, aproximadamente, 225 billones de dólares para pagar a personas por polinizar las flores.


Ahora bien, la medicina de la conservación es una rama reciente de la ciencia que surgió por la importancia tanto de la salud humana como de otros organismos (animales y vegetales), en especial, aquellos con importancia económica para los humanos. Esta rama de la ciencia se define como “el estudio de la biodiversidad del planeta y de la salud de los ecosistemas a través de la investigación interdisciplinaria y la educación, lo cual conduce a mejorar el bienestar del hombre, mediante el adecuado manejo de la biodiversidad y los ecosistemas que habita”.3 En otras palabras, esta área procura restablecer el balance que la naturaleza ha perdido por causa de los cambios rápidos y drásticos de los últimos 200 años; en particular, desde el inicio de la revolución industrial. Por lo tanto, podemos decir que la ciencia de la medicina de la conservación tiene un enfoque de ecosalud, por buscar el equilibrio óptimo entre salud —entendida como bienestar del ser humano— y la protección del medio ambiente —lo que implica la protección de los seres que lo componen—. Por lo tanto, la ecosalud o salud ecológica busca aplicar medidas que surjan de la interrelación de los científicos con las comunidades involucradas y los gobiernos, para brindar tal protección, que derivará en un beneficio general.



¿Y si se pierde la salud ecológica?





Alonso Aguirre, del Departamento de Ciencias Ambientales y Política, de la Universidad George Mason,3 menciona que severos impactos derivan directamente del crecimiento exponencial de nuestra especie en el ámbito mundial (cuadro 1). Cada vez somos más personas las que vivimos en este planeta y todos necesitamos insumos para subsistir pues, al aumentar el número de personas, se incrementa la demanda de alimentos, vestido…, lo que conduce a una mayor utilización de recursos naturales, destrucción de bosques y selvas para construir viviendas.3A su vez, esto genera aumento en desechos que serán vertidos a los ecosistemas, los que, de no ser procesados adecuadamente, generarán contaminación, aumentando el riesgo de enfermedades.


En Alemania, grandes cantidades de antibióticos vertidos al ambiente a través de agua de desecho —que no ha sido tratada de manera adecuada— proveniente, principalmente de uso médico y veterinario, se han detectado en ríos, humedales e, incluso, en aguas subterráneas. El resultado principal ha sido la generación de nuevas cepas de bacterias resistentes a los antibióticos que han sido desarrollados, con el potencial riesgo de generar problemas de salud tanto en humanos como en animales domésticos y silvestres.


Los antibióticos también podrían afectar negativamente procesos biogeoquímicos como la nitrificación; es decir, al alterar la eficiencia con la cual el nitrógeno se incorpora al suelo, se reduce la cantidad de este nutriente para organismos como las plantas. Finalmente, en la actualidad, la contaminación fecal de los ecosistemas costeros marinos es un problema global que causa el cierre de playas y restricciones de pesca, lo que ha quedado demostrado por la presencia de bacterias como Salmonella enterica, Campylobacter spp., Escherichia coli,Clostridium perfringens y C. difficile, las cuales se utilizan como indicadores de este tipo de contaminación.


Debido a los drásticos y acelerados cambios ambientales que nuestro planeta está sufriendo en la actualidad, originados principalmente por la actividad humana, los ecosistemas están perdiendo su equilibrio; lo que nos dirige a una época sin precedentes, en la que los parásitos y sus enfermedades se están convirtiendo en una verdadera pesadilla para científicos de la salud y gobiernos. En particular, hay dos tipos de enfermedades infecciosas que se han convertido en una carga económica para los países del mundo:


◂Enfermedades infecciosas emergentes (EIE), cuyos agentes patógenos se conocen, pero han cambiado sus síntomas (gripe aviar, gripe porcina…) o son nuevos, como el virus Nipah, el cual infecta naturalmente diferentes especies de murciélagos frugívoros. Las EIE han incrementado su incidencia, impacto o extensión geográfica (se presentan en regiones en las que no existían antes), e infectan nuevos hospederos.


◂Enfermedades reemergentes (ERE), aquellas causadas por patógenos aparentemente ya controlados o erradicados, pero que recientemente han vuelto a presentarse (sarampión, tuberculosis).


Además, debido al crecimiento de la población humana, se espera un incremento en la probabilidad de transmisión de patógenos de humanos a animales (domésticos y silvestres) y de animales a humanos; en tal sentido, se han registrado, aproximadamente, 300 casos de EIE en la población humana a nivel mundial, desde los años cuarentas, la mayoría de los cuales provienen de animales, tanto domésticos como silvestres.4


Los patógenos emergentes que se transmiten de animales a humanos se conocen como zoonóticos. Por lo regular, las enfermedades zoonóticas surgen cuando cambios en el ambiente y/o en las actividades humanas modifican la relación entre humanos y animales, dando la oportunidad de que nuevos patógenos colonicen poblaciones humanas y nuevos sitios, como es el caso de las zonas recientemente urbanizadas.5,6



Muchas veces, aviones y barcos transportan inadvertidamente agentes infecciosos de un lugar a otro. Incluso, en el transporte legal de fauna silvestre se pone en riesgo los sitios a los que dichos animales son llevados, ya que no existe un protocolo adecuado para el control de los parásitos que estos organismos puedan tener y transferir, lo que es aún peor en el caso del tráfico ilegal de diferentes especies tanto animales como vegetales, porque no existe control alguno.3



Para entender cómo sucede esto, analicemos un ejemplo. El mencionado virus Nipah (NiV) es un parásito natural de murciélagos frugívoros de Asia, y se transmitió a humanos a través de la interacción directa (manejo de animales) con cerdos de granjas criadoras o, de manera indirecta, mediante el consumo de carne de cerdo contaminada. Fue detectado por primera vez en Malasia, en 1997, donde, inicialmente, surgió como enfermedad respiratoria y neurológica de los cerdos y, posteriormente, afectó a humanos, produciendo una mortalidad de 40% en las personas infectadas.3



En Bangladesh ha habido brotes anuales de NiV, desde 2001, con una tasa de mortalidad de hasta 90%. Claramente es una enfermedad de consecuencias importantes para la salud, pero, ¿cómo sucedió esto? A través de muchos estudios interdisciplinarios se reconoció que el principal factor causante de la aparición de esta nueva EIE fue la expansión e intensificación de granjas de cerdo para consumo humano; lo cual llevó a la deforestación y la incursión de las personas en hábitats a los cuales naturalmente concurren los murciélagos. Muchas de estas granjas dejaron los árboles frutales intactos para utilizarlos como parte de la alimentación de los cerdos, sin advertir que los murciélagos también utilizan esos frutos. En consecuencia, los cerdos se expusieron al NiV al consumir restos de fruta inicialmente ingerida por los murciélagos, y a través del contacto con sus excretas, que quedaban en el suelo de las granjas.3


¿Algo para preocuparse?

Sí, todo indica que debemos preocuparnos y ocuparnos, no únicamente por nuestra salud, sino también por la de los demás organismos con los que convivimos en el planeta, ya que aplicarnos a prevenir y controlar este tipo de enfermedades, además de ahorrarnos una enorme cantidad de dinero, ayudará también a mantenernos saludables.

Después de tomar unos minutos para analizar toda la información presentada, nos daremos cuenta de que en realidad los doctores del ecosistema no son sólo los especialistas de las diferentes disciplinas que conforman la medicina de la conservación, sino que también nosotros somos parte importante de la prevención y la solución, por lo que todos debemos contribuir a tener una buena salud ecológica.



Referencias


1. G. M. Tabor (2002). “Defining Conservation Medicine”, en:Conservation Medicine: Ecological Health in Practice. A. A. Aguirre, R. S. Ostfeld, G. M. Tabor y C. House, editores, Nueva York, Oxford Univ. Press.

2. M. May Robert (2011). “Foreword”, en: Biological Diversity: Frontiers in Measurement and Assessment. A. E. Magurran y B. J. McGill, editors, Nueva York, Oxford Univ. Press. 


3. A. A. Aguirre, R. S. Ostfeld y P. Daszak (2012). New Directions in Conservation Medicine: Applied Cases of Ecological Health, Nueva York, Oxford Univ. Press.


4. K. E. Jones, N. G. Pater, M. A. Levy, A. Storeygard, D. Balk, J. L. Gittleman and P. Daszak (2008). “Global Trends in Emerging Infectious Diseases”. Nature 451: 990–993.


5. M. Alberti (2008). Advances in Urban Ecology: Integrating Human and Ecological Processes in Urban Ecosystems, Nueva York, Springer.


6. D. Santiago-Alarcón, P. Havelka, E. Pineda, H. M. Schaefer, G. Segelbacher (2013). “Urban Forests as Hubs for Novel Zoonosis: Blood Meal Analysis, Seasonal Variation in Culicoides (Diptera Ceratopogonidae) Vectors and Avian Haemosporidians. Parasitology 140:1799–1810.



Autor

Diego Santiago Alarcón

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